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Filosofía y Metapolítica

Racismo nazi, racismo judío y linaje cristiano (1939). – Nimio de Anquín

Argentina ha tenido en su breve historia filosófica solo dos metafísicos de raza: Miguel Angel Virasoro (1900-1967) y Nimio de Anquín (1896-1979), a este último pertenece el texto que presentamos acá. Lo hacemos porque es un artículo inhallable publicado en el Diario Crisol de Buenos Aires, el 1 de Febrero de 1939, cuando Hitler estaba en la plenitud de su poder y gran parte del mundo intelectual lo adulaba. La posición del entonces joven profesor de Anquín es ejemplificadora. Caído el dictador alemán vendrá toda la cristianofobia expresada por los pensadores judaizantes a calumniarlo como nazi o fascista. Pero su posición quedó fijada de una vez y para siempre en este escrito incontrovertible. Alberto Buela

Artículo: 

Puesto que la nacionalidad, mejor, la raza, precisamente no reside en la lengua sino en la sangre, sería permitido hablar de una germanización si se lograse por un determinado procedimientos transformar la sangre de los inferiores (lit.: sometidos). Pero esto es imposible” (A. Hitler, Mein Kampf, II, 328-9). He aquí el principio del racismo enunciado con la desnudez propia de lo que llamaremos “la mentalidad cuadrada”: La raza no reside en el idioma sino en la sangre. Y las consecuencias se deducen sin esfuerzo. Supuesta la excelencia de la raza, ésta debe mantenerse pura, pues el secreto de su fuerza y del acrecentamiento de su poder, consiste en su pureza.

   El hombre debe fijarse en la conducta de las bestias. Todo animal forma pareja con otro de la misma especie: la cigüeña con la cigüeña, el ratón con el ratón, el lobo con la loba. En el orden normal no hay cruzamiento. Si lo hay, sobreviene la degeneración. Otro tanto ocurre en el orden humano. Si las razas se cruzan resulta: a) un descenso del nivel de las razas superiores, y b) un retroceso físico y espiritual y con ello el comienzo lento pero no menos seguro de una caquexia (mala constitución) progresiva (A. Hitler, op.cit. 11, 310, 314).

   E1 raciocinio es a todas luces débil si se lo considera dialécticamente y la analogía, sí la hay, es lejana, pues en el caso de las bestias se trata de que una especie no se ayunta con otra, lo cual es muy cierto. Pero la cuestión consiste en demostrar que “dentro de la misma especie” el cruzamiento es racialmente perfecto, a lo cual el autor de “Mein Kampf” no presta atención alguna llevado en apariencia, por su lógica ejecutiva. Pues también en el orden humano ocurre lo mismo que en el orden de los irracionales, porque el hombre sólo forma pareja con la mujer y no, por ejemplo, con una rana o una gallina.

   Pero no se trata desgraciadamente de un sofisma que se resuelva en una simple aporía más o menos ridícula, sino de una doctrina terrible que está en la base de los enunciados racistas. Se trata de que los arios o los germanos -como dice Hitler-son la especie humana por antonomasia, si se toma el término hombre con toda su dignidad; y de que las otras razas son semi-humanas, es decir, constituyen una especie aparte. Y entonces resulta congruente el raciocinio. El racismo rompe así la unidad de la especie humana y descubre que hay hombres y subhombres: cada raza es una especie. El universal “especie humana” que solíamos leer en el Árbol de Porfirio es ahora ininteligible si comprende a todos los seres con alma y cuerpo que pueblan el mundo.

  Nuestra prolongación del argumento racista es cruda pero lógica, y la autenticaremos con esta sentencia de “Mein Kampf“: “En este mundo aquello que, no es buena raza, es paja” (l, 324); y como la única raza buena, creadora de la cultura, es la germana, es la única que merece cargar con todos los dones y privilegios de la humanidad. Por eso se ha divinizado y construido sobre ello una religión o por lo menos un culto casi religioso de inconfundible carácter pagano. No puede ser de otra manera pues el principio de que se parte es exclusivamente biológico: “la raza reside en la sangre”. Y hay una raza olímpica, una raza de dioses, una especie super-humana, a saber, los germanos, los arios. Las demás razas son paja, inferiores predestinadas a reproducirse en su especie, sin poder mezclar su sangre con los divinos hijos del walhalla.

   ¿Lo quiso así la voluntad de Dios? ¿Determinaron las fuerzas telúricas ese privilegio? ¿Cuál fue el hado que sancionara tal jerarquía e instituyera el señorío de los arios? No lo sabemos, ni nos interesa saberlo. Bástanos conocer el resultado: aparece sobre la faz del mundo un nuevo pueblo, o mejor dicho, “una raza elegida”. Pero esta elección de la que se tiene una fortísima conciencia, no está respaldada por ninguna teología, por ninguna tradición religiosa; quizás por ninguna tradición histórica seria: es una convicción biológica, física, puramente natural.

   Decimos que aparece una nueva raza elegida al frente de la cual se yergue fieramente el ario. Apenas necesitamos decir que existe otra verdadera raza elegida, esto es, la judía. Se yergue fieramente y la imita, pues el racismo no es más que un judaísmo al revés. Adolfo Hitler tiene escritas estas palabras que son toda una confirmación de nuestro aserto: “La más poderosa antítesis del ario es el judío. Apenas hay un pueblo  en el mundo en que el instinto de autoconservación está más fuertemente desarrollado que en los llamados elegidos” (op.cit. I, p. 329), Y en seguida se pregunta con toda razón; “¿Dónde hay un pueblo que en los últimos dos mil años haya experimentado menos variaciones que el judío en sus facultades interiores, en el carácter, etc.? Finalmente, ¿que pueblo ha sufrido mayores revoluciones que éste, y sin embargo qué pueblo salió siempre el mismo como éste de las más tremendas catástrofes de la humanidad? ¡Cuánta porfiada e infinita voluntad de vida, de conservación de la especie, habla, por estos hechos!” (op.cit. I, 329). Todo esto es muy cierto, y también lo es la mayoría de las afirmaciones antijudías del clásico libro nazi.

   Pero el impetuoso fundador de la Gran Alemania, no ha reparado en que quien crea antítesis, crea simplemente actitudes semejantes y de que se corre el riesgo de la imitación, a veces servil. No es éste el caso presente, pero de todos modos, nos permitimos señalar el hecho de que el racismo nazi remata en donde remata el judaísmo, a saber, en la conciencia de la excelencia de la raza por encima de todas las otras razas; en que niega humanidad o se la reduce a un mínimo a los pueblos no arios (según Graetz, el Judío Filón afirmaba “que sólo los israelitas son hombres en el verdadero sentido de la palabra”). Proposición que en si marca el orgullo de la pureza de la sangre, erigida en un mito por la doctrina nazi y celosamente conservada por los judíos a través de miles de años; en la institución de una religión nacional aria, sobre la base de los antiguos cultos paganos, tan cerrada a los pueblos inferiores, como está clausurada la sinagoga para los no-judíos. La semejanza entre ambas doctrinas se acentúa a medida que el pueblo judío cae más hondamente en la abyección espiritual, porque, perdida la esperanza mesiánica y habiendo renegado de la tradición venerable, aquella tradición que le da el carácter auténtico de pueblo escogido; olvidado el destino religioso para el que es sostenido a través de todas sus miserias y prevaricaciones por la voluntad de Dios, queda el judaísmo como una institución natural, como una nación practicante de un sistema profundamente racista. Es un racismo biológico tan positivo y brutal como el nazi y que como éste cae en las condenaciones de la Iglesia Católica.

      Es curioso que este hecho tan claro como la luz del día no sea visto o no quiera ser visto por ciertos católicos que duermen teniendo por almohada el Enquiridion de Denzinger. Se ha abusado demasiado de “La salut par les juifs“, hasta el extremo de ver ángeles incomprendidos o mediadores sobrenaturales en los tratantes de blancas, o de descubrir la figura de Elías en cualquier vendedor de cigarrillos. Despojémonos de las teologías literarias, de la falsa mística y del romanticismo religioso y preguntémonos: ¿a qué conciencia o tradición religiosa obedece este judío carnal y ateo que desposa a uno de su raza y que más tarde educa a sus hijos en el orgullo de la sangre y en el odio a los goim? A ninguna. En él está operante un exclusivo sentido racial-biológico. Y así proceden casi todos.

      Las palabras que cito a continuación pertenecen al judío converso Rene Schwob, quien por cierto habla con conocimiento de causa: “oía en mi casa hacer constantemente, distinciones entre los yüde y los goim, es decir, entre el pequeño grupo de los elegidos y los otros. Los otros son el resto del mundo. Yo no creo traicionar un secreto al revelar esa separación del universo en dos partes desiguales: los buenos, el pequeño rebaño de Israel sin distinción entre los individuos, a la derecha; y a la izquierda, la inmensa multitud de los réprobos, aquellos cuya presencia no se sabe por qué tolera Dios (en quien se cree en la medida en que se es judío). En fin, en una familia judía, burguesa, de Francia… no se llega a consideraciones espirituales muy altas sobre el genio propio de los judíos. Tanto que puede decirse, generalizando, que ellos son los malignos y los goim los imbéciles, los que han nacido para ser engañados. ¿Esa distinción es el efecto de un complejo de inferioridad, innegable en la mayor parte de los judíos? ¿No es más que un signo de su orgullo? No hay mucho trecho entre ese complejo y ese orgullo. Y el pueblo de la Diáspora pasa su tiempo en adelante recorriendo el camino del uno al otro. Es su enfermedad y su remedio, su debilidad y su modo de defenderse contra ella. Yo me apresuro a hacerlo notar: es un pueblo muy desgraciado. Y quizá su miseria debiera contribuir a que se le fuera indulgente. Pero él no quiere indulgencia”.

      ¿No es esto racismo, tan efectivo como el racismo nazi? Porque el pueblo judío en su gran mayoría o en sus principales cabezas, si no es ateo (Jehová es un mito, la esperanza mesiánica es un fenómeno histórico-social), es escéptico. La candencia de su superioridad respecto a todos los demás pueblos del mundo es hoy exclusivamente racial y nada más que eso. “La más poderosa antítesis del ario fue el judío”, escribía Adolfo Hitler, y escribió bien. Lo que hizo contra lo judío no lo escribió, pero nosotros lo diremos: “lo combatía con iguales armas” (salvo la perfidia). El nazismo está haciendo, aunque sin saberlo, judaísmo al revés.

      ¡Oh poderosa y misteriosa fuerza del judaísmo! Pueblo detestable y maldito, pueblo de osamentas, aborto que sufre su limitación y llena el mundo con el terrible rumor de su llanto; facto por excelencia de todas las disociaciones (Schwob), enemigo del género humano del cual es el principio inevitable de toda dispersión y de las más tremendas caídas; de lejos hiede, de cerca apesta, en todo caso daña. El nazismo se aproximó a él y resulto que al querer aplastarlo lo imitaba. La persecución ha endurecido la cerviz del pueblo más racista, rebelde y soberbio de la tierra; del pueblo pérfido por excelencia, del depositario de la perfidia, al lado del cual todos los otros pueblos son niños inocentes. ¿Acaso el nazismo, a pesar de su ferocidad, no parece a veces una cosa primitiva y bárbara, de una simplicidad infantil, sin ninguna malicia escondida, es decir, sin ninguna perfidia? Es que en esto el judaísmo es inimitable. En lo demás, la imitación es posible. Hitler, en cuanto ha fundado el racismo ario y caía en herejía por el endiosamiento de la sangre como principio esencial de la nacionalidad, ha resultado la primera víctima de la esfinge judaica, que se yergue llena de misterio, como si dijese: “no me toquéis”.

      El problema no era tan sencillo como para resolverlo con la lógica ejecutiva de lo que hemos llamada la “mentalidad cuadrada”. Es cierto que el judío es la antítesis del ario, pero no tanto por la diferencia de sangre cuanto por la diferencia de espíritu. Federico Nietzsche, quien en alguna de sus obras dice que entre los no arios “el judío constituye la raza más fuerte, más tozuda y más pura que vive actualmente en Europa”, y que estaba profundamente influenciado por el deseo racista, jamás trazó un esquema tan infantilmente simple, ni fomentó una religión tan torpemente ideada. Aún más, creyó que la raza de señores de donde nacería el super-hombre, sería el resultado de una mezcla cuyos mejores ingredientes serían los germanos, eslavos y judíos. Era también otro error, pero lo ponemos aquí para que se vea cómo un verdadero pensador no se deja engañar por fáciles analogías biológicas, y tiene en cuenta siempre los “valores” espirituales infinitamente más importantes que los factores físicos. A pesar de todo, ya en Nietzsche el punto de vista era falso, en cuanto no consideraba el significado trascendental del judío, o mejor aún, el significado teológico, para reducir su estimación al dominio exclusivo de los valores. Pera no cayó en el abismo del racismo contemporáneo, que no sólo no advierte el problema espiritual, sino que reduce todo al principio material de la sangre.

      Si se considera al judío sin su historia, sin su destino, es un ente hediondo, perverso y cobarde que practica un racismo biológico muy simplista y efectivo. La abyección actual del judío ha obscurecido sus orígenes y ennegrecido las páginas de su historia. El judío renegado, perdido en la historia, ha sido analizado y descripto con inteligencia implacable por un hijo de Israel, que conocía por cierto su propia entraña: Otto Weininger. El judío sin fe -es decir, sin la historia teológica- es nada, y el judío actual simboliza el hombre incrédulo. La fe es la acción del hombre por la que entra en relación con un ser, y la fe religiosa está dirigida a lo intemporal, al ser absoluto, a la vida eterna. Y el judío es nada, en el más profundo sentido, porque él en nada cree. La fe es todo en la vida del hombre, la fe en Dios o por lo menos la fe en el propio ateísmo; pero el judío no cree en nada, ni en su propia fe; duda de su duda; es el hombre impío en el más amplio sentido del vocablo; es el hombre irreligioso por excelencia. Este ser infra-humano no es el judío del Antiguo Testamento, el de la tradición profética en que vive como incluida la vocación real y sacerdotal del pueblo elegido. En él no hay ni rastros de fidelidad a la idea de la venerable teocracia. Ha roto deliberadamente su nexo con el grandioso pasado y ha quedado vacío de su historia inigualable que sólo pudo escribirse con el auxilio del brazo de Dios. Este pueblo huérfano por propia obcecación, es el que Hitler ha tenido delante de sus ojos y el que ha inspirado sus ideas biológico-sociales. La “mentalidad cuadrada” ha aplicado al judío un principio de selección racial que comienza y termina en el exclusivo orden natural humano y que tiene su modelo en lo que llamaremos “el judaísmo carnal”, descripto maravillosamente por Weininger, para diferenciarlo del “espiritual” que, por el momento, parece muerto. Pero conviene que se tenga en cuenta que el racismo nazi es de origen judío, por imitación inconsciente o por contagio fatal, y con ello se cumple aquello que dijimos más arriba, a saber, que el judaísmo es el principio de toda caída del género humano.

      “Tu autem fides stas“, mas tú por la fe estás en pie, repetimos con el Apóstol. Sí, y no nos jactamos contra los ramos que fueran quebrados por su incredulidad; por el contrario, temblamos, tememos. Solamente los gentiles no temen y se glorían de sí mismos y de la miseria del pueblo judío. El cristiano da gracias a Dios todos los días por los beneficios recibidos de su misericordia, entre los cuales están las virtudes teologales de la fe, la esperanza y la caridad. Redimido por Cristo se incorpora por su sacrificio, a la tradición magna: recibe la Ley de Moisés y la Gracia del Hijo de Dios, Entre la Ley y la Gracia está la cruz de Nuestro Señor, inmolado por el pueblo pérfido. La cruz nos une con la tradición antigua henchida de esperanza, y por ella el cristiano da la mano a los viejos judíos que suspiraron por el Mesías y que murieron vivas en la fe; pero también nos separa de los que tiñeron sus manos con la sangre del Cordero, a quienes el cristiano no toca porque llevan sobre sí una maldición divina.

      Hijos de Jesucristo, de la familia de David, nosotros los cristianos somos judíos espirituales, y por eso para nosotros la raza material no cuenta como un impedimento. “¿Por ventura ha desechado Dios a su pueblo? No por cierto, porque también yo -decía San Pablo- soy israelita del linaje de Abraham, de la tribu de Benjamín“. Así como el Apóstol era cristiano y judío, nosotros también lo somos por la mediación de Nuestro Señor. Con San Pablo y con todos los cristianos de su linaje no había ni hay más diferencia que las inevitables instituidas por la naturaleza, pero que en realidad eran y son nada en presencia de la nueva filiación que se origina en el Gólgota: todos pertenecen a la misma raza espiritual. (Rene Schwob dice: “habiendo creído todo perdido al hacerme cristiano, lo había encontrado todo: mi país, mi raza y a mí mismo”). Pero con el pueblo pérfido que vertió la sangre del Redentor, estamos separados por la cruz. Es esa una raza de renegados, pueblo de osamentas de que habla Ezequiel, perdido en la historia, sin fe, sin esperanza y sin caridad. Por su conversión oramos, y cuando alguno de los suyos es iluminado por la gracia y viene hacia nosotros, recibímoslo con los brazos abiertos; desde ese instante es nuestro hermano. Pero el resto de la muchedumbre maldita no la tocamos y la mantenemos a distancia porque no es de nuestro linaje.

NOTA ACLARATORIA: Tomamos aquí la voz raza en un sentido lato. En sentido estricto acaso fuera demasiado decir que la raza es un principio espiritual y no biológico. Mejor sería la fórmula: “la raza es un principio más espiritual que biológico”. Porque indudablemente raza no es un pueblo (que se refiere a la idea de muchedumbre, de conglomerado); ni tampoco nación (que aunque lleva implícita la idea de engendrar, no basta para individualizar exhaustivamente en el orden social-político, pues ya sabemos que se puede nacer en un país dado y no pertenecer a la nación de ese país). La raza es una “res nata” no una “res facta”, y como tal implica al lado de caracteres formales (espirituales) predominantes y esenciales, ciertos caracteres materiales específicos y constantes que desempeñan el papel de la “materia quantitate signata“. Esto está en la naturaleza de las cosas creadas por la Providencia. Cuando nosotros en nuestro himno evocamos a la “madre tierra de viejas edades”, nos referimos a ese todo vital que hace que nosotros seamos lo que somos, en la especificidad de nuestra patria, nacida más allá de las cronologías oficiales, y prolongada y amada con amor profundo y casi desesperado por quienes nos sentimos sus hijos.