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Filosofía y Metapolítica

Entrevista a Lucía Piossek.- Mariana Smaldone

Una tesis innovadora en la Argentina de los sesenta: fenomenología de la maternidad. Diálogo con Lucía Piossek Prebisch*

 

Presentación de Mariana Smaldone

* Esta entrevista forma parte de mi trabajo de investigación “Conciencia y concienciación en Simone de Beauvoir. Recepción y análisis de los entrecruzamientos de género y clase en la construcción del ‘nosotras'” (CONICET-CINIG-UNLP), investigación dirigida por la Dra. Beatriz Cagnolati y la Dra. María Luisa Femenías; específicamente, se ocupa de la indagación de la recepción del existencialismo y las lecturas de la obra de Simone de Beauvoir en la producción nacional, en este caso a partir de las contribuciones de la filósofa Lucía Piossek Prebisch.

 

Lucía Piossek Prebisch es una filósofa argentina con una importante trayectoria en la docencia y en la investigación.1 Egresó de Filosofía de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Tucumán [UNT], y es profesora emérita por la misma casa de estudios. Allí se desempeñó en los cargos máximos de la docencia en la asignatura Filosofía Contemporánea, y dictó también Filosofía en la Argentina y Filosofía de la Historia. Asimismo, fue fundadora y directora del Instituto de Historia y Pensamiento Argentinos, entre otras actividades académicas desarrolladas en esa misma institución.

A principios de los años setenta, la revista Sur publica “La mujer y la filosofía”, un ensayo donde Lucía Piossek Prebisch presenta su tesis fenomenológica acerca de la experiencia de la maternidad. La autora sostiene que “la filosofía ha estado consustanciada de modo ancestral con lo masculino”, dando un giro al tratamiento que el filósofo existencialista cristiano Gabriel Marcel realiza de la “experiencia de la paternidad”. Indagó acerca de la “corporalidad”, la “libertad” y la “situación” de las mujeres, más específicamente durante la gestación y la lactancia. En ese ensayo hallamos no solo una recepción del existencialismo, sobre todo en sus primeros contactos con el ámbito intelectual argentino, sino además los “ecos” de su perspectiva de análisis, ligada a la filósofa Simone de Beauvoir -de cuya posición sobre la maternidad se aleja- y su relación con las poetas Alfonsina Storni y Gabriela Mistral. Asimismo, en su obra se detecta la influencia de la escritora Virginia Woolf y de figuras poco transitadas en nuestro medios, como la filósofa religiosa Edith Stein (1891-1942) y la ensayista española María Zambrano (1904-1991), entre otras pensadoras.

En ese ensayo, Lucía Piossek Prebisch realiza un tratamiento original en su época acerca de la experiencia de la maternidad: el cuerpo propio de la mujer es, al mismo tiempo, el cuerpo de “otro”, el ser en gestación sobre cuyo desarrollo dentro de sí no tiene decisión ni competencia: “… el cuerpo durante la gestación y la lactancia, se experimenta como donación de sí y no solo como medio para los fines de la especie” (Piossek Prebisch, 1973: 101).

A sus casi ochenta y siete años, Lucía Piossek Prebisch nos recibió, en abril del 2012, en su casa del barrio Yerba Buena de San Miguel de Tucumán y -rodeada de cuadros que muestran un reverdecer tucumano-, nos cuenta sobre el contexto de producción de su ensayo “La mujer y la filosofía”, que fue presentado en lasSegundas Jornadas de Filosofía, organizadas por la Asociación Argentina de Filosofía, en noviembre de 1965, en la ciudad de La Plata, cuyas Actas publicó la editorial Sudamericana en la colección “Perspectiva” en el año 1966.

Haciendo historia

Mariana Smaldone: -Lucía, usted lleva dos apellidos, Piossek Prebisch, ¿puede contarnos acerca de sus abuelos y abuelas?, ¿eran inmigrantes?

Lucía Piossek Prebisch: -Los abuelos eran inmigrantes, las abuelas eran criollas ambas, de origen español. Los abuelos procedían ambos de una zona próxima a Dresden, Alemania. A Dresden la llamaban “La Florencia del Norte” antes del bombardeo. No puedo decirle con exactitud en qué año llegaron mis abuelos a Argentina. Mi padre perdió a ambos padres cuando tenía solo seis meses de vida por la epidemia de cólera de fines del siglo XIX. Mi abuelo Prebisch debe de haber llegado a comienzos de los años 80 o fines de los 70 del siglo XIX. Mi abuelo Prebisch se “argentinizó” de tal manera que no enseñó alemán a sus hijos porque quería que fueran totalmente argentinos. Era esa época en la que, como decía escritor argentino Eduardo Mallea (1903-1982), la Argentina era una especie de religiosidad, los inmigrantes que llegaban se encontraban con todo un mundo por hacer, lleno de posibilidades. Mi abuelo Prebisch fue un ejemplo. Pareciera que Piossek también, pero tuvo la desgracia de morir muy joven. Mi abuelo Prebisch, antes de venir a la Argentina, estuvo en la India. Y cuando llegó a la Argentina, no sé bien por qué, llegó a Jujuy. Allí fue correo a caballo entre Jujuy y Villazón, la primera localidad cruzando el límite de la Argentina a Bolivia. Y como, habiendo estudiado inglés y estado en la India, dominaba bien esa lengua, fue profesor de inglés en el Colegio Nacional de Jujuy. Allí lo conoció a mi bisabuelo Segundo Linares, y simpatizaron mucho. Mi bisabuelo era profesor de latín en el mismo colegio, y allí se enamoró de la hija del profesor de latín, Rosa Linares, y se casaron.

-Toda una tradición de docentes en su familia y en la región…

-Sí; después, cuando mi madre tendría dos años, estuvieron un tiempo en Caucete, en San Juan, donde mi abuelo llevaba los libros de una bodega. Luego, un tiempo en Buenos Aires y finalmente se radicaron en Tucumán, donde nacieron los otros siete hijos. De mi abuela paterna no tengo recuerdos, por lo que le conté hace un rato. A mi abuela materna, en cambio, la recuerdo como una persona de gran vivacidad y sentido del humor, que trataba de “usted” a mi abuelo y lo llamaba por el apellido. Recuerdo la mesa del almuerzo presidida por ella, siempre llena de hijos, nietos y sobrinos -además de sus ocho hijos, mi abuela Rosa crió como suyos a tres sobrinos cuya madre había muerto en el último parto-. La recuerdo como una persona feliz. Entre las imágenes que guardo, muchas son positivas; algunas otras, no agradables, de mujeres mayores, a las que se llamaba “solteronas”, cosa que siempre, desde chica, me pareció algo injusto y despectivo. Pero ¿se ha fijado que la palabra “solterona” ya casi no se usa, que casi ha desaparecido? La “solterona” era la mujer que quedaba, por así decirlo, al margen de la vida; que no había formado familia propia y que no podía valerse por sus propios medios económicos, siempre dependiente de alguien. En eso, realmente, advierto un progreso social muy grande.

-¿Guarda algún recuerdo en especial de alguna maestra suya de la escuela primaria o de alguna profesora de la escuela secundaria?

-Sí, un recuerdo muy especial. Desde el primer grado hasta inicios del sexto -cuando mi familia se trasladó a Buenos Aires- gocé del privilegio de tener como maestra a Clotilde Alfonso Doñate, referente del movimiento pedagógico que adoptó luego la Escuela Sarmiento, de Tucumán, que desgraciadamente murió de cáncer antes de los cuarenta años. Era una mujer extraordinaria, que revolucionó la enseñanza primaria en buena parte de las escuelas de Tucumán, empezando por la Vocacional Sarmiento, dependiente de la UNT. Ella y Olga Cossettini (1898-1987) -también maestra y pedagoga argentina y quien dedicó su vida, junto con su hermana Leticia, a transformar la escuela tradicional-, en Santa Fe, fueron las pioneras en la introducción de la llamada “escuela activa” en el país. Clotilde seguía dándoles un sello propio a las ideas pedagógicas de Johann Heinrich Pestalozzi, (1746-1827) -pedagogo suizo que dirigió su labor hacia la educación popular-, de María Montessori (1870-1952) -educadora, psiquiatra y filósofa humanista italiana, conocida por su tarea en la renovación de los métodos pedagógicos de principios del siglo XX- y de Ovide Decroly (1871-1932) -pedagogo, psicólogo, médico y docente belga, que en 1901 fundó en su propia casa, en Bruselas, el centro educativo École d’Enseignement Spécial pour Enfants Irréguliers-. Tuvo la suerte de que el inspector general de escuelas de la Nación, por entonces Pascual Guaglianone, la apoyara sin reservas.

Formación filosófica

-¿Cuándo comienza sus estudios universitarios? ¿Y cómo es que se decide a empezar a estudiar Filosofía?

-Ingresé a la Carrera de Filosofía, de la Universidad de Tucumán, en el año 42. Esto está en ese folleto -Lucía lee un párrafo del folleto de su autoría, Lucía Piossek Prebisch. Autopresentación-: “Una vez concluidos mis estudios secundarios, ingresé a los 16 años a la muy joven Facultad de Filosofía y Letras, suponiendo, inconscientemente, que el estudio de la música y la Universidad sería algo perfectamente compatible. Ingresé en mayor parte seducida por los relatos de mi hermana mayor, que antes que yo había escogido la carrera de Filosofía. Pero, sobre todo, entré a la Universidad con toda naturalidad, como si se tratara de una prolongación de las conversaciones con mis padres, en invierno, junto a la chimenea, o en las lentas caminatas, sin tiempo, durante las largas vacaciones en Maimará, en la Quebrada de Humahuaca. Mis hermanas, Amalia y Teresa, y yo vivíamos rodeadas de libros” (Piossek Prebisch, 2002: 10).

-¿Qué libros había en esa biblioteca?

-Había libros de derecho, porque mi padre era doctor en Jurisprudencia, doctorado en Córdoba. Había muchos de historia, de autores argentinos, de literatura. Mi madre que era una lectora voraz: tenía libros de actualidad, ensayos y mucho de literatura española. Porque fue profesora de Literatura en una escuela secundaria de la Universidad y, entre los años 1943 y 1945, ejerció en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Tucumán como profesora de Metodología de la Literatura.

-Si tuviera que resumir, ¿cuáles son sus lecturas troncales cuando empieza la carrera de Filosofía? ¿Y cuáles son los primeros filósofos por los que se interesa?

-Unamuno (1864-1936)… Estaba en la biblioteca de mis padres, sí. No todo, sino El sentimiento trágico de la vida. Antes, yo había leído muchísimo, no había televisión, no había radio. Antes de ingresar a la Universidad había leído, por ejemplo, casi toda la obra del teatro de Henrik Ibsen. En la Facultad, un libro que me deslumbró, que me cambió un poco la vida, fue la Crítica de la Razón Práctica, de Immanuel Kant. Hasta me hizo terminar con un noviecito, la lectura de la Crítica.

-¿Por qué? ¿Por plantearse cuestiones morales?

-… Curioso, ¿no? Eso era en primero o segundo año. Mucho dependía de la influencia de los profesores. Por ejemplo, de Eugenio Pucciarelli (1907-1995) -filósofo argentino y docente en las Universidades de Tucumán, La Plata y Buenos Aires-, nos encantaba Introducción a la Filosofía. Silvio Frondizi (1907-1974) era profesor en Historia Universal. No faltábamos a una sola clase de Silvio Frondizi. Era el hermano de Risieri Frondizi (1910-1985), que fue profesor mío en Lógica y varios años más tarde rector de la Universidad de Buenos Aires. También, Enrique Anderson Imbert (1910-2000), profesor de Literatura. Seguí sus cursos de Literatura Española Contemporánea, donde volví a encontrarme con Unamuno. Solo unos pocos profesores se quedaron durante el peronismo. Silvio -al que después lo mató no sé qué grupo de los terribles que hemos tenido- se tuvo que ir, Risieri el hermano también, Anderson Imbert se fue a Estados Unidos, hizo una carrera allá. Ocurrió que empezaron a dispersarse, porque todo el ambiente universitario era curiosamente antiperonista en esa época, así que muchos se tuvieron que ir. Pero, como contraparte, tengo que contarle que, a raíz de la guerra civil española y de la Segunda Guerra Mundial, pasaron por la naciente institución personalidades como Manuel García Morente (1886-1942) -filósofo español y traductor de obras del pensamiento europeo y quien, en sus últimos años de vida, fue sacerdote-, y se incorporaron un poco más tarde Rodolfo Mondolfo (1877-1976) -filósofo italiano-, Renato Treves (1907-1992) -sociólogo del derecho y filósofo italiano-, los hermanos Terraccini, el escritor español Clemente Hernando Balmori (1894-1966) y una camada de profesores jóvenes y talentosos procedentes sobre todo de la Universidad Nacional de La Plata. ¡Ah! Y antes de que yo ingresara a la Facultad, enseñó allí Alberto Rougés (1880-1945), filósofo argentino nacido en San Miguel de Tucumán.

¿En qué año se fueron la mayoría de estos docentes?

-En el 43, 44, 45… Esas desgracias sucesivas que hemos tenido, tan violentas.

-¿Continuó su formación en Buenos Aires?

-En realidad, no. Tuve contactos con mucha gente que resultó sumamente importante para mi carrera, como un grupo de La Plata que estaba nucleado en torno al filósofo Emilio Estiú (1914-1984), Eugenio Pucciarelli, Elsa Tabernig y el filósofo Adolfo Carpio (1923-1996). No sé si le suenan… El contacto con ese tipo de gente era un aprendizaje permanente.

-¿Estudió en el exterior?

-En Alemania, en la Universidad de Colonia, con una beca de la Alexander von Humboldt. Una época muy linda. Mi relación con otras mujeres investigadoras fue escasa. La gran mayoría del plantel universitario era masculino. Estuve poco tiempo, poco más de medio año porque, por un lado, tuve la suerte de que mi marido, Hernán Zucchi (1917- 998), se llevara a nuestros hijos, que eran chicos, pero, por otro lado, eso nos obligó a regresar antes, pues no podían seguir faltando al colegio.

-¿Cuántos hijos tienen?

-Dos. La que ha conocido usted, Tita, egresada de Historia, pero lo que realmente le gusta es la pintura. Está pintando la naturaleza de Tucumán, ella. La serie más importante que ha exhibido dos veces y de la que ha vendido bastante se llama “Naturalezas vivas”, en contraposición a “naturalezas muertas”; hizo helechos también… En realidad, la naturaleza de Tucumán no es muy pintada. Paisajes en general, sí; pero este tipo de cosas así, boscosas, no. Mi otro hijo es ingeniero electrónico. Hernán Emilio: “Hernán” por su padre y “Emilio” por Estiú.

-¿El nombre lo eligieron juntos, su marido y usted?

-Claro, sí. Emilio era una persona de una gran finura espiritual. Se decía “padre postizo” de mis hijos. Una de las personas más finas intelectualmente que conocí. Usted tendría que preguntar por allí qué pasa con “laEstética“, de Emilio Estiú; creo que no se publicó y es una obra muy importante.

La recepción del existencialismo y la cuestión de la mujer

-Lucía, ¿cómo surge su interés por la cuestión de la mujer, y la relación con la filosofía?

-En realidad, hablando de Silvio Frondizi por ejemplo, me acuerdo una vez que en clase perdió los estribos; furioso, dijo: “¿Cómo puede ser que hasta el último borracho vote y ustedes, que son lectoras de Theodor Mommsen (1817-1903) y Heródoto (484 a. C. – 425 a. C.), no voten? No puede ser”. Estaba en el ambiente el fastidio. Cuando a Silvio Frondizi una cosa le molestaba, asumía su molestia. Era muy interesante que un hombre, un profesor, en clase, dijera eso ante un anfiteatro lleno de alumnos.

-¿En qué año Frondizi hace ese comentario a la clase?

-En el 43, claramente. Fue en el segundo curso de Historia Universal.

-¿Qué cantidad de población femenina había en esos cursos? ¿Era minoritaria o mayoritaria?

-Igualitaria, le diría. Después empezó a crecer la población femenina en la Universidad de Tucumán. Creo que, en la Universidad de Buenos Aires, también.

-¿Recuerda haber leído algún texto sobre la cuestión de la mujer, que haya sido también un disparador?

-No leí especialmente nada, pero sentía el problema. La gran falta de equidad en muchas cosas. Lo que sí le podría decir es más o menos cuándo surgió esta idea de escribir sobre la mujer y el cuerpo de la mujer. Algo que me venía trabajando en la cabeza, sobre todo cuando gestaba a mis hijos, que por suerte fueron dos experiencias enormemente felices y lo siguen siendo. Fue una vez al leer a Gabriel Marcel, que se leía muchísimo, junto con el filósofo francés Jean Paul Sartre (1905-1980) y con el novelista y ensayista Albert Camus (1913-1960).

-¿Se leía a estos filósofos en la Universidad? ¿En qué año comienza a leer a los existencialistas?

-Sí, en la Universidad. Alrededor de los años 50. A mí me simpatizaba más Marcel que Sartre, por Camus tenía y sigo teniendo una especie de veneración, de respeto. Pero a Marcel lo comencé a leer gracias a una profesora francesa, Elizabeth Gogel, que tuvo que venir a Tucumán con su marido. Su marido fue objetor de conciencia durante la guerra, entonces le dijeron que, si no tomaba las armas, se fuera definitivamente de Francia. Un hombre brillante. Los dos brillantes, él y ella.

-¿En qué año llegan aproximadamente?

-Debe de haber sido en el 49 o 50. En esos años, tal vez un poco antes. Elizabeth recibió, de su hermana, una de las tandas periódicas de novedades de libros franceses, y entre ellos le llegó un libro de Marcel. No recuerdo bien cuál era el que me deslumbró. Por primera vez veía que la vida de todos los días era objeto de reflexión filosófica, de estados de ánimo. Acostumbrada a cosas tan abstractas, de pronto que me hablaran de la fidelidad, de la traición, de las relaciones intersubjetivas. Había otra profesora, María Eugenia Valentié (1920-2009), que también se entusiasmó mucho con Marcel. Así que entre las dos nos prestábamos los libros.

¿Estos libros los leían del francés?

-Sí, y tradujimos también. María Eugenia Valentié tradujo El misterio del serEl hombre problemático. Yo traduje El misterio ontológico, que se publicó en la Facultad. A lo que voy es a que, entre esos temas de la vida diaria de Marcel, había un artículo que se titulaba “La paternidad como decisión creadora”, y allí se preguntaba cómo se constituía el sentimiento de paternidad a partir de una nada de experiencia carnal, tanta nada que un hombre puede ser un padre sin saberlo. Entonces, yo me pregunté: “¿Cómo no se pregunta por lo otro?”. El sentimiento de maternidad se da a partir no de una nada de experiencia, sino de una experiencia formidable, la experiencia de la maternidad. Allí se me redondeó el tema porque yo ya lo había venido gestando. Así que en realidad fue el detonante. La paternidad como decisión creadora y eso que me llamó la atención: a partir de una nada de experiencia carnal.

-¿Se leían filósofas en la Universidad de Tucumán? ¿Cuáles?

-Sí, Simone de Beauvoir (1908-1986), Simone Weil (1909-1943) y, más tarde, Hannah Arendt (1906-1975)…

De Beauvoir, Storni y Mistral: ecos de lectura

-En su ensayo “La mujer y la filosofía”, usted menciona a tres grandes mujeres del pensamiento filosófico y de la poesía: Simone de Beauvoir, Alfonsina Storni y Gabriela Mistral; ¿puede decirse que son también fuentes en su ensayo?

-En realidad, la tenía como trasfondo a Simone de Beauvoir, pero sobre todo tenía lecturas, que no había hecho especialmente por eso, sino que de golpe las recordé. Bueno, Simone de Beauvoir, que es una rebelde en el orden del género, una rebelde contra una cultura, una civilización, una educación que ha fijado un rol determinado a la mujer y lo ha considerado como algo inexorable y que al dolor lo ha asimilado al hecho de la maternidad. En el caso de Alfonsina Storni, hay una rebeldía frente a la naturaleza, que ha distribuido no equitativamente los roles de la reproducción de la especie. Y, por otra parte, una mujer que no tuvo hijos, pero que es un canto a la maternidad, como lo es Gabriela Mistral. Esos, más que textos sobre sexo y género, fueron ecos de lecturas. Y, además, una cosa más, que no está escrita: escuchaba a las mujeres campesinas, que asumían con enorme naturalidad su rol. ¿Por qué? “¿Porque estamos hechas para sufrir?”.

-¿Estas conversaciones las tenía directamente con las mujeres campesinas?

-Las tenía con gente que venía a trabajar acá, que las veía asumir su papel de manera tan sumisa, valga la redundancia, “asumir” y “sumisa”. Con embarazos año tras año, cargadas de trabajo dentro y fuera de la casa. Porque, abriendo un paréntesis, esa es otra cosa que también hay que tener en cuenta cuando se dice que “la mujer irrumpe en el mundo del trabajo”. Pero ¡caramba! Las mujeres humildes han trabajado toda la vida. Es una frase hecha injusta. No empieza a trabajar solamente cuando va a una oficina a escribir a máquina. Así que me hice eco de esas actitudes, la de la resignación, la de la rebeldía metafísica a lo Alfonsina Storni, a lo Simone de Beauvoir, hacia el orden histórico, cultural. Por eso usted me preguntaba por las fuentes. Luego hice lecturas aisladas, mucho más adelante, por ejemplo, algo de Judith Butler (1956) y Luce Irigaray (1932).

-¿En qué año lee a Butler? ¿Y qué otras filósofas le han interesado?

-A Butler comienzo a leerla en los años 80; particularmente, algunas cosas he leído por Internet de María Luisa Femenías.2 Alguien que me deslumbra es Hannah Arendt, que no se plantea para nada la cuestión del género. Asume de entrada su condición de “gran pensador”. Es uno de los pensadores, no pensadoras sino en general, más originales y más importantes de la segunda mitad del siglo XX. Es difícil de leer. Pero es importantísima. Yo estuve leyendo Entre el pasado y el futuro, que es muy interesante. Todo su trabajo es muy interesante y no tiene ninguna concesión al público. Es uno de los pensadores más importantes de la segunda mitad del siglo XX.

-¿Considera la obra de Beauvoir central en su ensayo “La mujer y la filosofía”?

-No, no es central, aunque la considero importantísima; y ha pesado en mi vida la lectura de El segundo sexo,pero no he trabajado en especial con ella.

-¿De De Beauvoir lo primero que lee es El segundo sexo o alguna otra de sus obras?

-Lo primero fue El segundo sexo por incitación de una larga reseña firmada por la escritora argentina María Esther de Miguel, en Señales. De María Esther de Miguel (1925-2003) leí algunas cosas también.

-¿El segundo sexo se lee en la academia o son lecturas más marginales, por fuera de la Universidad?

-Más bien marginales al comienzo. Como sucedía también con las obras de Nietzsche (1844-1900), una lectura en general fuera de los muros académicos.

-¿En qué año empieza a leer al filósofo Friedrich Nietzsche?

-Más o menos en el año 55.

-¿Del alemán o traducido?

-Primero traducido. Pero, ya tenía el prurito -como había traducido a Karl  Jaspers (1883-1969), a Hans Urs von Balthasar (1905-1988), y también La filosofía de Plotino, de Émile Bréhier (1876-1952) para Sudamericana, en el año1953-, sabía que era necesario ir al original, cuando se quiere trabajar con seriedad.

-Volviendo a sus lecturas de De Beauvoir, ¿cómo llega a sus manos El segundo sexo?

-A la traducción de De Beauvoir yo la leí porque mi madre la compró. Era una lectora voraz y muy buena poeta, y había leído un comentario de María Esther de Miguel muy elogioso sobre Simone de Beauvoir, que decía que era un libro que en muchos casos rompía montones de esquemas, que había que leerlo con un sentido crítico muy desarrollado, pero que era de lectura ineludible en adelante, y se lo compró. Después me lo pasó a mí.

-¿Qué cree usted que pudo haber influenciado para que se tradujeran las obras de De Beauvoir?

-Ya estaba en el ambiente. En Tucumán, que yo sepa, hasta que apareció la traducción de Pablo Palant, no se hablaba mucho de Simone de Beauvoir. Tal vez esta profesora francesa, de la que le hablé que recibía libros que le mandaba su hermana desde Francia, seguramente ella recibió las obras de De Beauvoir en francés. Pero esa, la traducción al español, una vez aparecida, se vendió como agua.

La mujer, la experiencia fenomenológica de la maternidad y la filosofía

-En su ensayo “La mujer y la filosofía”, usted se pregunta: “¿Qué pasa con la mujer y la filosofía?”. Su respuesta refiere a la libertad y a la “situación de la mujer”, y a la maternidad como una experiencia que “descentra” la sensibilidad del cuerpo propio, el de la mujer; sin embargo, podría decirse que estos temas no eran tratados en la academia argentina de los años 60, desde la filosofía, o estaban ocultos…

-Sí, ocultos, y no tenían ningún prestigio. Me da un poco de vergüenza contarlo pero, cuando presenté para las jornadas de La Plata la primera versión de “La mujer y la filosofía”, a mediados de los años 60, le digo, con total falta de modestia, que causó un poco de sensación, porque se levantaron varios que dijeron “bueno, estamos hablando tanto del cuerpo propio”, “yo soy mi cuerpo” y etc., etc., pero “nunca lo hemos visto planteado desde este punto de vista”…

-Ese punto de vista que es nuestro punto de vista, el de las mujeres que atraviesan esta experiencia…

-Claro, esa idea de “es mi cuerpo”, pero… “yo soy mi cuerpo”, como decía Marcel. Otra incitación. A usted que es tan joven, que no ha vivido esa época, esa afirmación de Marcel, después también de Merleau Ponty, “yo soy mi cuerpo”, quizás le parece una estupidez, pero en realidad implica todo un foco de reflexión. Porque yo y mi cuerpo, yo soy mi cuerpo. Pero, en el caso de la maternidad, de pronto mi cuerpo se me enajena. Un otro encarnado en mí, incorporado en mí en el sentido concreto de la palabra, incorporado. ¡Caramba, es una experiencia! Y pienso cada vez más que la filosofía de nuestro tiempo, y tal vez en el fondo toda gran filosofía, ha sido el esfuerzo por llevar a concepto la experiencia vivida de modo más auténtico e intenso. Experiencia política, religiosa, estética, moral. En este caso, experiencia corporal, experiencia de la maternidad. Es la caracterización del quehacer filosófico que más me convence. Cuando uno no ve que está en el fondo la experiencia política, la experiencia moral, la experiencia religiosa, estética, generalmente es palabrería, ¿no es cierto? El esfuerzo por llevar la experiencia a concepto…

-Usted plantea el problema de la corporalidad, pero no lo hace desde una pura abstracción…

-La abstracción es a partir de eso, primero dejarse invadir por una experiencia, si no, ¿qué es? Como diría Jaspers, “el comentario del comentario”. Eso dice en un librito que traduje en mi juventud, La razón y sus enemigos, muy lúcido de Jaspers. Decía que gran parte de la filosofía de su tiempo era “comentario de comentarios”, ¿es verdad, no?

La publicación de “La mujer y la filosofía” en Sur

-¿Cómo llega a publicar su ensayo “La mujer y la filosofía”?, ¿le fue fácil como mujer acceder a una vía de publicación?

-Esto fue facilísimo porque ya estaba organizado por la Asociación Argentina de Filosofía y ya habían firmado contrato con la editorial Sudamericana. Después que lo presenté como ponencia en estas jornadas de La Plata, me lo pidieron de muchas partes. Me acuerdo de la insistencia de Delia Etcheverry, de La Plata.

-¿Cómo es que llega a publicar su ensayo en la revista Sur?

-Bueno, este libro de las jornadas de La Plata se distribuyó porque, como le dije, era publicado por la editorial Sudamericana. El libro se distribuyó, se vendió, y Fryda Schultz de Mantovani (1912-1978), quien era amiga de la casa, me lo pidió para Sur en nombre de Victoria Ocampo (1890-1979). Los dos, ella y su marido Juan Mantovani (1898-1961), un pedagogo argentino muy conocido en su tiempo, eran amigos de mis padres. Pero, además, Fryda Schultz y Juan Mantovani eran muy amigos de una muy gran amiga mía, que era Leda Valladares (1919-2012)… Uno de los seres más originales que he conocido en mi vida.

-Entonces, puede ser que también Leda Valladares le haya comentado de su artículo a Fryda Schultz…

-Yo pienso que sí.

-¿Cree que la revista Sur, dirigida por Victoria Ocampo, le facilitó a las mujeres poder publicar?

-Muchísimo. A propósito, vi un programa en el canal “Encuentro” que me dejó muy contenta. Ya lo tomé empezado, pero era una historia del voto femenino, desde comienzos de siglo. Las tratativas, las idas y vueltas, las contras, las aprobaciones. Al final de la emisión aparecen el retrato de Victoria Ocampo y Eva Perón juntas, que se detestaban en vida. De pronto, verlas juntas me dio alegría.

-¿Por qué?

-Porque en esto hemos progresado. Hace unos años, a nadie se le hubiera ocurrido. Sobre todo porque es un canal kirchnerista, me parece. Y estaban el retrato de Victoria Ocampo y el de Eva Perón juntos, como las pioneras del voto femenino. Digo ¡qué suerte!, la revista Sur no la hubiera puesto nunca a Eva Perón, en esa época, quizás ahora sí. Y un canal peronista no la hubiera puesto a Victoria Ocampo, salvo para denigrarla. Y, en ese programa, estaban juntas.

-¿La conoció personalmente a Victoria Ocampo?

-Personalmente, no. Por ahí tengo unas cartas de ella. Justamente, yo la invité para un ciclo que se me ocurrió cuando estábamos en el Instituto de Historia y Pensamiento Argentinos. Un ciclo en el que invitábamos a gente que se hubiera destacado en algo -así fuera Letras, Medicina, etc.- a que se autopresentara. La primera reacción era: “¿Cómo voy a ir a hacerme autobombo?”. Pero no era autobombo, sino presentarse en público: ¿qué la llevó a ocuparse del arte?, ¿qué línea del arte le gusta?, ¿cuál considera que es importante de su obra? Eso no es autobombo. Y así tuvimos valiosas presentaciones. Yo le escribí a Victoria y ella me contestó: “Yo le agradezco muchísimo, pero estoy con un problema en una muela que no me deja vivir”. Había sido ya el cáncer que la llevó. Y, cuando ya me había jubilado, mis colegas me obligaron a que yo me autopresentara también. Pero fue muy lindo.

-Se refiere a Lucía Piossek Prebisch. Autopresentación, publicada en 2002 por la Universidad de Tucumán, una autobiografía suya…

-Sí. Nosotros distinguíamos entre la autopresentación y la autobiografía. La autopresentación sería la cara más bien pública de la autobiografía. Uno no está contando cosas íntimas, sino presentando la cara pública. Una de las autopresentaciones más lindas fue justamente la de Leda Valladares.

-¿Tuvo una gran amistad con Leda Valladares?

-Sí. Y junto con ella fundamos el coro universitario, que todavía vive. Esto, por los años 1945. También teníamos un cuarteto vocal. Así que éramos muy, muy amigas.

-Lucía, ¿usted también cantaba, era parte del coro?

-Sí, en el coro universitario, que goza de buena salud todavía.

“La mujer y la filosofía”, hoy

-Lucía, volviendo a “La mujer y la filosofía”, y pensando en su interés acerca de la cuestión de la mujer que aparece allí y en la originalidad en su tesis fenomenológica de la maternidad, ¿por qué no continuó ese interés? Sus estudios e investigaciones se van a ir orientando hacia la filosofía contemporánea…

-Ciertamente, todo el mundo que lo conoce me lo ha dicho… Pero ha sido en realidad una cuestión que surgió espontáneamente, y no como un foco especial de trabajo. Ahora pienso que podía haber sido, pero no lo fue. La actividad de dirigir proyectos del CONICET y del CIUNTdurante muchos años me tomó mucha energía. Justamente, hace dos meses atrás estaba revisando algunos de mis trabajos; inclusive tengo un texto más amplio, bastante más amplio, que el que conoce usted, inédito, en donde resumo trabajos que tienen que ver con la mujer y la filosofía.

-¿Usted no se definiría feminista?

-En general, los “ismos” no me gustan: “existencialismo”, “racionalismo”; parecen una exageración excluyente, no sé. Nunca me gustaron. Creo que eso me lo metió en la cabeza Emilio Estiú. No, yo no me diría feminista. No, porque usted ve que no ha sido un interés central. Ha sido muy importante para mí pensarlo, pero no ha sido por razones de tiempo, de profesión. Usted misma pregunta por qué no he seguido más en esa línea.

-Una pregunta que queda quizás para pensar, Lucía: si hoy tuviera que escribir sobre la corporalidad en la mujer y esta experiencia de la maternidad, ¿reforzaría su tesis de aquel momento de los años 60?, ¿cambiaría el eje?

-Yo creo que tendría que pensar el problema del aborto. ¡Qué problema ético central!, ¿no? Creo que tendría que referirme a eso. Porque ahora, en todas las discusiones del aborto, el teatro de las discusiones es el cuerpo de la mujer joven. Hasta qué punto es su cuerpo y hasta qué punto es suyo. Esa fórmula habría que contextualizarla. Lo he estado pensando: “Yo soy mi cuerpo, pero mi cuerpo no es mío”, ¿hasta qué punto no es mío?, ¿para quiénes no es mío? Fíjese: ¿para quiénes? Es un problema, pero está la mujer también. No solamente un nuevo ser en potencia. Está la mujer que no solo es biología, es vida biográfica, como decía Ortega. Y, para mí, tan sagrada como la del otro. Es una idea enorme. En la década del 60, el momento en que lo escribí, no estaba en primer plano esta cuestión. Pero ahora no se podría eludir. ¿No cree usted?

-Sí, tal cual. De hecho, tiene que ver con este concepto que usted utiliza: “La situación de la mujer”, y con la sensibilidad. Hay que pensar también esta idea de rebeldía. Desde una mirada actual, van surgiendo muchas voces a partir de esas experiencias…

-Antes no se hablaba ni de anticonceptivos, de todas las posibilidades que tiene ahora una mujer para ejercitar su sexo con más libertad.

-¿Cree que actualmente la maternidad continúa tomándose como la “total entrega de la mujer”, como afirma en su ensayo “La mujer y la filosofía”?

-No como total entrega, desde el momento en que la mujer desempeña también otro tipo de tareas. Pero…, hay que reconocer: conciliar esos dos tipos de tareas no es cosa sencilla, hay que recomponerla cada día…

-Lucía, si tuviera que trazar algunas diferencias en el contexto de producción intelectual por parte de las mujeres que empiezan a escribir entre los años50, 60 y 70, ¿cree que hay cambios importantes entre estas décadas y la actualidad? ¿Cuáles?

-Una mayor independencia para atreverse a pensar por cuenta propia. En esto ha sido y es una ayuda grande el CONICET, que no solo permite, sino que también “obliga” a sus becarios e investigadores a trabajar con más disciplina y originalidad. Por razones de edad, no tuve posibilidad de ingresar allí a la carrera de investigador. Mi relación con el CONICET fue como directora de proyectos y programas e integrante de comisiones evaluadoras.

-Muchas gracias por su cordialidad y su tiempo. Quiero cerrar con unas palabras de su Autopresentación: “Tengo motivos para agradecerle a la vida” (Piossek Prebisch, 2002: 36), las cuales, sin duda, actualizan su idea de que la experiencia vivida es una de las fuentes del pensar filosófico; en este caso, la experiencia vivida de las mujeres.

Notas

1 Lucía Piossek Prebisch nació en la provincia de Tucumán, el 1 de noviembre de 1925. Algunas de sus obras son: “Aislamiento y comunicación. A propósito de la experiencia del cuerpo en la maternidad” (1966), en Asociación Argentina de Filosofía. Aislamiento y comunicación, Buenos Aires, Sudamericana, pp. 299-304; “La mujer y la filosofía” (1973), Sur, núms. 326, 327, 328, pp. 95-101;Pensamiento argentino: Creencias e ideas (1988), Universidad Nacional de Tucumán, Facultad de Filosofía y Letras, Instituto de Historia y Pensamiento Argentinos; De la trama de la experiencia. Ensayos (1994), Tucumán, edición de la autora; Lucía Piossek Prebisch. Autopresentación(2002), ciclo “La Argentina actual, por sí misma”, Universidad Nacional de Tucumán, Facultad de Filosofía y Letras, Instituto de Historia y Pensamiento Argentino; El “filósofo topo”. Sobre Nietzsche y el lenguaje(2005), Universidad Nacional de Tucumán, Facultad de Filosofía y Letras; Argentina: identidad y utopía (2008), Editorial de la Universidad Nacional de Tucumán (EDUNT).

2 Probablemente se refiera a una ponencia presentada en 1988 en el Congreso de Filosofía de la Universidad Nacional de Salta [UNSa].

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Fuente: http://www.scielo.org.ar/scielo.php?pid=S1853-001X2013000100003&script=sci_arttext